lunes, 1 de junio de 2015

¿Estás en la onda?

El programa ConCiencia organizado por la Universidad de Santiago y el Consorcio trae a Compostela a eminentes y reconocidos investigadores de diversos campos del saber todos los años. Esperemos que pueda continuar durante mucho tiempo con esta labor, ya que permite tener un contacto más directo con grandes personajes. Sobre todo cuando dejan sabios consejos y conocimiento, como ha sido con el Dr. Cohen-Tannoudji. En la interesante conferencia pública que ofreció en el auditorio de Abanca, habló de Física. Pero también de lo importante que es apoyar a los investigadores durante mucho tiempo para obtener resultados sobresalientes. Resultados que generan nuevo conocimiento y que puede no ser aplicable de inmediato o incluso nunca se utilice. Pero quizá sí se haga y cree enormes beneficios para todos. Dejó también algo importante en el aire: no hay que investigar para que te den el Premio Nobel; investiga para hacer buena ciencia. Si la haces, los reconocimientos podrían llegar o no, pero tu trabajo siempre estará ahí.

Sabia lección que probablemente ya conocía Louis de Broglie, uno de los padres de la dualidad onda-partícula de la que habló el profesor Cohen-Tannoudji. Broglie, físico francés de alta cuna (pertenecía a una familia noble francesa; fue el séptimo Duque de Broglie), propuso una revolucionaria idea: si Einstein había concebido (como comentamos en el número de marzo de Lindeiros) que la luz, una onda, podía comportarse como una partícula, ¿por qué una partícula con masa no podía ser al mismo tiempo una onda? Así, en 1924 presentó su tesis doctoral en la que proponía que toda partícula en movimiento tiene una onda asociada. Su hipótesis revolucionó la ciencia del momento. Dos años después se confirmó en los laboratorios de la empresa  Bell Telephone Laboratory  (sí, en una empresa. En España es casi impensable que las empresas hagan investigación básica, pero no ocurre lo mismo fuera), cuando comprobaron que los electrones podían comportarse también como una onda. En 1929, solo 5 años después de defender su tesis doctoral con su revolucionaria propuesta, obtuvo el premio Nobel.

La demostración inicial de la propuesta de De Broglie sobre la naturaleza ondulatoria de los electrones fue realizada por los investigadores de esta compañía, Clinton Davisson y Lester Germer. El primero recibió también el premio Nobel en 1937 por ello. Para hacerlo, utilizaron un cristal de átomos de níquel. En ciencia de materiales, cuando se habla de un cristal no se piensa en un material como el vidrio de las ventanas que comúnmente llamamos cristal. Se refiere más a cosas como la sal, que tienen una estructura interna regular. Los átomos de níquel se agrupan por capas en el cristal. Cada capa la podemos visualizar como una red de pesca estirada, donde los átomos de níquel están en cada cruce de las cuerdas. 

Sobre este cristal de níquel lanzaron un haz de electrones acelerados previamente hasta alcanzar una velocidad conocida y midieron cuantos de ellos se desviaban de su camino, volviendo hacia atrás.  El número de electrones que medían variaba con el ángulo que formaban el detector  y el haz de electrones cuando apuntaban al mismo punto de la superficie del cristal. Para algunos ángulos contaban más electrones que para otros.  Las medidas se parecían a las que se obtenían cuando se hacía el mismo tipo de experimentos con luz, en concreto con rayos-X. En este caso, se puede explicar la variación que se obtiene por el carácter ondulatorio de la luz. Dado que ambos patrones coincidían, era aceptable la interpretación de que el haz de electrones era también una onda, como los rayos-X. Además, teniendo en cuenta la masa y velocidad de los electrones, se podía calcular la longitud de onda que tenían los electrones según la hipótesis de De Broglie. Esta se ajustaba al tamaño necesario para obtener ese comportamiento ondulatorio si se tenía en cuenta la distancia entre las capas de átomos de níquel en el cristal. Todo encajaba casi a la perfección. Se había demostrado la idea revolucionaria de la dualidad onda-partícula. Hoy está plenamente aceptada. De hecho, se han realizado otros experimentos posteriormente que también se explican por el comportamiento ondulatorio, incluso con partículas mucho más grandes que los electrones (como los fulerenos, que son como pequeñas pelotas de 60 átomos de carbono).  Todos ellos nos indican que la materia (es decir, también nosotros) es partícula y onda a la vez.

Para saber más:

domingo, 3 de mayo de 2015

La curvatura de la luz de mayo


Albert Einstein es uno de los físicos del siglo pasado que ha influido más en la Física y la cultura moderna. Sus contribuciones van desde los tamaños más pequeños hasta el universo completo. En los primeros contribuyó notablemente al nacimiento de la Física Cuántica, aunque filosóficamente no le gustaba, ya que incluía un cierto nivel de aleatoriedad. Era como un juego de dados en donde no se sabe qué números saldrán hasta que se paran en la mesa. Su convencimiento era tal que se le atribuye la frase “Dios no juega a los dados”, en referencia a que la Física no podía ser aleatoria. Tenía que ser determinista, esto es, dadas unas condiciones iniciales tenemos que saber con certeza lo que pasará después. Así ocurre con los fenómenos físicos básicos, como la gravedad. 

Nuestra intuición nos dice, porque lo vemos todos los días, que si dejamos en el aire una manzana, esta caerá al suelo. Efecto que a otro gran físico, Newton, le inspiró su Ley de la gravedad que explica en una primera aproximación la fuerza de atracción entre dos cuerpos por el simple hecho de tener masa. Con esta ley física podemos explicar y calcular con gran precisión el movimiento de la Luna alrededor de la Tierra o el de la Tierra alrededor del Sol. 

Sin embargo, hace justo ahora 100 años, Albert Einstein presentó una nueva teoría para explicar la atracción de dos cuerpos que tienen masa. Se denomina Teoría General de la Relatividad y era una generalización de su Teoría Especial de la Relatividad. En esta última había explicado la dilatación del tiempo cuando nos movemos a velocidades cercanas a la de la luz: cuanto más rápido nos movemos, más lentamente marcan la hora los relojes que nos acompañan.  Este fenómeno es poco intuitivo para los humanos, ya que solo lo podemos apreciar a velocidades muy grandes comparadas con las habituales que experimentamos en nuestra vida cotidiana. En 1915, Einstein volvía a poner a prueba nuestra forma de ver el mundo con su Teoría General. De hecho, introducía un nuevo concepto para entender  la gravedad de Newton, que funciona tan bien: la atracción entre dos cuerpos ocurre porque la masa deforma el espacio alrededor suyo, dando como consecuencia que se atraen. Para comprender como ocurre podemos utilizar una simple tela y dos bolas, una mucho más grande que la otra. Si extendemos la tela horizontalmente, bien sujeta por los bordes, como la de un cuadro, y ponemos la bola más grande en el centro, veremos que la tela se deforma, curvándose desde los extremos del marco hacia donde hemos puesto la bola grande. Si ahora dejamos la segunda bola en cualquier punto de la tela, esta irá corriendo a encontrarse con la más grande. El efecto es similar a que si las dos bolas se atrajeran mutuamente.  Esta nueva teoría permitió explicar casi completamente el movimiento de Mercurio, que no se lograba calcular adecuadamente con la teoría de Newton. 

Pero la nueva teoría de Einstein traía más sorpresas. Entre ellas, que la luz, que no tiene masa y que por lo tanto según Newton era inmune a la gravedad, se veía afectada por la presencia de grandes masas como el Sol: su trayectoria también se curvaba como la de un planeta. La consecuencia es que podríamos ver otras estrellas que realmente están por detrás del Sol, aunque nosotros las veríamos como si estuvieran a un lado, al interpretar que la luz se ha movido desde esa estrella siguiendo una línea recta. Solo cuatro años después de su publicación, en el eclipse del 29 de mayo de 1919, Arthur Eddington comprobó experimentalmente esta asombrosa predicción, fotografiando la luz de una estrella que estaba detrás del Sol. De nuevo la luz había contribuido a nuestro asombro y nuestra comprensión del Universo.

jueves, 2 de abril de 2015

Láser. Una solución buscando un problema

Probablemente muchos de los lectores de Lindeiros recordarán la inauguración de la fuente de la Plaza Roxa que incluía un láser central que apuntaba hacia el cielo. Se prometía espectacular. Aunque muchos seguro que salieron defraudados, ya que la luz del láser poco se vio. Si mi memoria no me falla, tuvieron algo de suerte porque había unas pocas nubes en donde sí se apreciaba algo de luz. ¿Por qué digo suerte? Pues porque el láser solo lo podemos ver claramente cuando atraviesa algún medio que provoque su dispersión, como el humo que se echa en las discotecas o en los espectáculos musicales.

Aunque ya utilizamos comúnmente la palabra láser, esta es el acrónimo de Light Amplification by Stimulated Emission of Radiation (o, en castellano, amplificación de luz mediante emisión inducida de radiación).  ¿Qué quiere decir esto?

La física cuántica nos ha permitido comprender la naturaleza de los átomos, de las moléculas y de la luz. Por ejemplo, los átomos tienen un estado fundamental de mínima energía. Sin embargo, si les aportamos energía (por ejemplo, calentándolos), alguno de sus electrones puede capturarla, pasando el átomo a otro estado llamado excitado. Aunque la cantidad que gana no es cualquiera. Es como si ese electrón subiera uno o varios peldaños de una escalera: puede subir y posarse en uno de ellos, pero no quedarse flotando en la mitad. Pero como ese no es su estado fundamental, el electrón intenta volver a su estado anterior, para lo cual tiene que perder energía. La diferencia entre la energía de ambos estados se pierde emitiendo un pequeño pulso de luz que llamamos fotón. Este tiene una frecuencia determinada, es decir, es de un color definido, aunque el resto de sus propiedades pueden diferir de átomo a átomo y pueden salir en cualquier dirección. A este fenómeno se le llama emisión espontanea.

Sin embargo, ya en 1916 Einstein empezó a vislumbrar que los fotones generados por un material podrían tener exactamente las mismas propiedades en algunas situaciones. Este es el caso del láser. Para crearlo, lo primero que se necesita es tener más átomos (o moléculas, dependiendo del tipo de láser) en un estado excitado que los que siguen en el estado fundamental. Para ello, se aporta energía al material. Cuando tenemos esa situación, se ilumina con una luz de frecuencia igual a la que emitiría el átomo para volver a su estado fundamental. Al pasar los fotones de esta luz a través de este material excitado, sus átomos pierden la energía que tienen de más, emitiendo cada uno un fotón. Pero en este caso, la magia de la física hace que estos nuevos fotones, no solo tengan la misma frecuencia, sino también que sean iguales el resto de sus propiedades. Y además, se mueven muy juntitos en el mismo sentido. Y siguen moviéndose así de juntos a menos que choquen con alguna partícula que los haga desviar. De ahí que para ver el láser se utilice humo.

Patrón de difracción generado por láser (Fuente: Natural Philo en Wikimedia.org)
Aunque Einstein vislumbró este comportamiento a principios del siglo pasado como una curiosidad científica, no fue hasta 1960 cuando Theodore Maiman construyó el primer láser funcional. Al principio, se vio como “una solución a la búsqueda de un problema”. No se tenía claro en que se podría aplicar. Hoy el láser está presente en muchas de nuestras tecnologías, desde la medicina hasta la transmisión de la información. Pasando por las múltiples aplicaciones como el DVD, la soldadura, la impresión en 3D, la limpieza de materiales, etc. Es el ejemplo perfecto para explicar que hemos de apoyar a la investigación básica, sin esperar que sus resultados tengan una aplicación inmediata. Las aplicaciones de nuevos conocimientos generados por la Ciencia pueden necesitar décadas para inventarse. Pero, cuando llegan pueden, como el láser, cambiar nuestras vidas radicalmente.

miércoles, 4 de marzo de 2015

El año de la Luz

Desde 2008 a 2014, el recibo de la “luz” se ha encarecido un 65%. Es decir, si en 2008 pagábamos 1€ por la electricidad consumida, en 2014 por ese mismo consumo tenemos que abonar 1,65€. ¡Ojalá nuestros salarios hubiesen subido en la misma proporción! Aunque con la situación económica actual probablemente no haya sido así. Pero realmente la luz es imprescindible para nuestras vidas, hecho que se quiere resaltar este año que ha sido nombrado como Año Internacional de la Luz por la Organización de las Naciones Unidas (ONU).

La luz es maravillosa y ciertamente mágica. Sus propiedades físicas son sorprendentes y no han  sido fáciles de comprender. Habitualmente pensamos en la luz como aquella que vemos los humanos, la luz visible, desde los colores azules a los rojos que observamos en el arcoíris. Sin embargo, en Física la luz es cualquiera de las ondas electromagnéticas que nos rodean. Así nuestra luz visible está emparentada con las ondas de radio, o los rayos X que utilizamos para hacer las radiografías. Lo que diferencia las ondas de radio o los rayos X de la luz visible es su longitud de onda, es decir, la distancia existente entre dos máximos de la onda. Cuanto más grande es esta, más pequeña es su frecuencia, o lo que es lo mismo, el número de oscilaciones por cada segundo. Así, una radio que emita en la banda de frecuencia modulada a 100MHz, o 100 000 000 oscilaciones por segundo, tendrá una longitud de onda de aproximadamente 3 metros. En realidad, la luz visible tiene una longitud de onda que va desde los 400 a los 800 nanómetros (es decir, de 0.000 000 4 a 0.000 000 8 metros), mientras que las longitudes de las ondas electromagnéticas conocidas van desde 0.000 000 000 000 001 a 100 000 000 metros. Por tanto, la luz visible cubre una parte muy pequeña del espectro conocido.

La relación entre la longitud de onda y la frecuencia de oscilación es la velocidad de la luz, cercana a los 300 000 kilómetros por segundo (299 792 458 metros por segundo): si multiplicamos su frecuencia por su longitud de onda, obtenemos su velocidad. Que en el vacío es igual para todas las frecuencias. Esta velocidad es asombrosa desde el punto de vista humano: en un segundo, la luz podría darle casi 8 vueltas a la Tierra. Esta es además una velocidad límite, ya que las teorías físicas actuales limitan la velocidad de cualquier objeto o la transmisión de cualquier información a esta: nada puede propagarse en el vacío a una velocidad superior a la velocidad de la luz.

Pero ¿qué oscila? Aquí está una de las propiedades mágicas de la luz. Las olas en un estanque mueven el agua de arriba abajo. Es decir, se propagan en un medio. No existirían en el vacío. Por el contrario, la luz sí se transmite en el vacío. Esto es debido a que la naturaleza de la luz viene dada por los cambios del campo eléctrico y campo magnético. La variación del campo eléctrico genera un campo magnético y viceversa. La luz es por tanto la oscilación de estos dos campos de forma conjunta, no necesitando un medio para propagarse.

Pero además de comportarse como una onda, la luz también puede hacerlo como una partícula, que llamamos fotón. Puede por tanto chocar con otras partículas, transfiriendo parte o toda su energía en la colisión. Fenómeno que se utiliza por ejemplo en las placas fotovoltaicas que generan electricidad. O que usan las plantas en el proceso de fotosíntesis. Vemos y comemos gracias a ella. ¿Qué se merece más un Año Internacional? 

martes, 3 de febrero de 2015

El vuelo del botafumeiro

El nuevo año amaneció con un nuevo récord en la comarca: 237 810. Este es el número de peregrinos que han visitado Santiago y han conseguido la Compostela. Casi doscientas treinta y ocho mil personas que han decidido hacer caminando, en bicicleta o a caballo el camino de Santiago. Cada uno tendrá una motivación diferente para hacerlo. Cada uno habrá sentido algo distinto al terminarlo. Pero seguro que todos los que hayan visto el vuelo del botafumeiro se habrán quedado sorprendidos y asombrados. Quizá tanto como los visitantes de la Feria Internacional del Turismo de Madrid, en donde la representación gallega ha llevado unas gafas para poder ver su majestuoso vuelo, pero de forma virtual.



El botafumeiro es un caso casi único en el mundo. Hoy, gracias al ingeniero estradense Juan Ramón SanmartínLosada, profesor de la Universidad Politécnica de Madrid, sabemos mucho más sobre su física. Realmente, en la Catedral de Santiago existen dos. Uno de latón plateado del siglo XIX, y otro en plata, reproducción de 1971. El primero pesa 53 kilogramos y se cuelga de un soporte que está 20 metros por encima. Este soporte es una parte fundamental de la magia de su vuelo. Consta de un eje en donde existen dos tambores por donde pasa la cuerda que lo sujeta. Del más grande, con 58 centímetros de diámetro, cuelga directamente el botafumeiro. Esta continúa hasta llegar al segundo, con solo 29 centímetros, y baja de nuevo hasta donde están los tiraboleiros. Estos son un equipo de 6 a 8 personas que en cada paso del botafumeiro por su posición, tiran de él. Ellos bajan aproximadamente un metro y medio, pero la estructura de los tambores que comparten el eje de giro, hace que el incensario suba tres metros. Es por tanto un mecanismo multiplicador. Inmediatamente después, cuando alcanza el punto más alto de su movimiento y está casi parado en el aire, vuelven a su posición. En cada tirón, le añaden energía al sistema, que va incrementando poco a poco la amplitud de la oscilación, ganando en velocidad y en altura. El mecanismo se asemeja al de un columpio en donde los padres o madres empujan a sus hijos para que se balanceen como un péndulo, adelante y atrás.

Crash.Copyright David Gómez Frieiro. Todos los derechos reservados
Pero en el caso del botafumeiro hay todavía más física. Debido a su configuración, la amplitud máxima de su movimiento no puede pasar de 82 grados, llegando a alcanzar los 68 kilómetros por hora cuando pasa al lado de los tiraboleiros. Por muy poco no rompe la bóveda de la catedral. Se salva gracias a que la resistencia del aire limita la amplitud que puede alcanzar este movimiento pendular.

Hoy conocemos bastante bien la física de nuestro singular incensario. Esta nos da también una pista de porqué es único. Las catedrales se construyeron cada vez más altas y como consecuencia, para hacer volar un botafumeiro que llegara casi hasta el techo, tendría que pesar muchísimo más y tener un número de operarios mucho más grande.


Nosotros ahora podríamos diseñar un botafumeiro a medida de cada sitio, pero el de Santiago fue diseñado y construido mucho antes de que se conociera en detalle la física del péndulo más sencillo. ¡Casi 400 años antes de los estudios sobre el movimiento del péndulo de Galileo! No sabemos exactamente como se construyó, pero está claro que ha tenido que ser fruto de muchos años de observación y mejora continua en el “laboratorio”. Avanzando paso a paso.  Como decía Antonio Machado: “Caminante no hay camino, se hace camino al andar”.


Para saber más:


jueves, 8 de enero de 2015

El código de la escalera

“Decíamos ayer” es una conocida frase de Fray Luis de León a su vuelta a la cátedra de la Universidad de Salamanca después de cinco años en las terribles cárceles de la Inquisición. Mi ausencia en Lindeiros no ha sido tan larga y ni mucho menos ha sido debida a haber estado en la cárcel, pero sí quiero retomar el tema de cómo se transfiere la información de padres a hijos, generación tras generación. Así pues, “decíamos ayer” que el ADN, nuestra larga escalera de caracol, tenía unos peldaños formados por cuatro bases que denominamos abreviadamente T, G, A y C. Estos cuatro elementos son como los bits de nuestro ordenador. Un bit puede tener el valor 1 o 0. Ocho bits forman un byte, que nos permite codificar hasta 256 símbolos.  Así, la T se representaría en binario, utilizando el añejo código ASCII extendido, como 0101 0100. Juntando varios bytes podríamos formar una palabra, que estaría separada de la siguiente por otro símbolo como un punto o un espacio en blanco. Pero nadie nos impediría inventar otro código, es decir, otra regla de traducción en donde la misma secuencia de bits anteriores represente la G.
Representación artística de la descodificación del ADN


No ocurre igual en la naturaleza. La traducción de la información contenida en el ADN se hace utilizando las reglas del código genético. En este caso, la información está codificada en grupos de tres peldaños de nuestra escalera de caracol, que en vez de llamarse bytes los hemos denominado codones. Existen por tanto 64 combinaciones posibles. Pero, ¿qué se codifica?  

By Edited by Seth Miller User:arapacana, Original file designed and produced by: Kosi Gramatikoff User:Kosigrim, courtesy of Abgent, also available in print (commercial offset one-page: original version of the image) by Abgent (Original file: en:File:GeneticCode21.svg) [Public domain], via Wikimedia Commons
Código Genético
Las palabras de las células son las proteínas, largas cadenas lineales de miles de moléculas llamadas aminoácidos. Aunque se conocen cientos de aminoácidos diferentes, solo alrededor de una veintena de ellos se utilizan por nuestras células para fabricar las proteínas. Cada codón representa uno de estos aminoácidos. Así, la combinación AAA se traduce en el aminoácido Lisina. Como cada cadena de ADN contiene la información para fabricar muchas proteínas, hay una combinación que indica donde se ha de iniciar la traducción (ATG) y tres que representan el final (TAG, TGA y TAA).

La traducción desde el ADN a proteínas no se hace directamente. Interviene en el camino el ARN o ácido ribonucleico, una cadena similar al ADN, pero de un solo brazo, en donde los elementos que la componen son los mismos que en el ADN, menos la Timina (T), que se substituye por otro componente llamado Uracilo (U). Así, en el ARN las secuencias que indican el final son realmente UAG, UGA y UAA. Este ARN mensajero (hay otros ARN en la célula que tiene otras funciones) transporta la información desde el ADN hasta los ribosomas, complejos moleculares de proteínas y moléculas ARN, en donde realmente se construyen las proteínas.

Pero no todo el ADN es codificante. De hecho, la mayor parte de nuestra larga escalera de caracol no está dedicada a la codificación de proteínas. Hasta hace muy poco se le llamaba, un poco despectivamente, ADN basura a las partes que no transportaban esta información. Sin embargo, los últimos avances de la ciencia, fundamentalmente como resultado del macroproyecto de investigación básica internacional ENCODE, han encontrado evidencias de que este “ADN basura” tiene otras funciones que también son importantes. Como siempre, la naturaleza es sabia y no desperdicia recursos.

Conseguir desentrañar este código genético ha sido el fruto del esforzado trabajo de muchos investigadores. Severo Ochoa, uno de los escasos premios Nobel españoles, ha sido uno de ellos. Fue galardonado con este prestigioso galardón en 1959 por su descubrimiento de la síntesis del ARN oácido ribonucleico. Esperemos que no tengan que pasar otros 55 años para que haya otro español que reciba un premio Nobel en ciencias. 

miércoles, 1 de octubre de 2014

La larga escalera de caracol

Publicado en Lindeiros de octubre de 2014

Indiscutiblemente el final de la Vuelta Ciclista a España en Santiago de Compostela es el espectáculo más sobresaliente en la comarca de este pasado mes. Aunque terminó con una corta carrera individual contra el reloj, los aficionados a la bicicleta seguro que tiene  muy vivo el recuerdo del pelotón en las zonas llanas, siguiendo en grupo el camino trazado por el esforzado líder. Serpiente multicolor, como dicen los comentaristas de la tele. A mí me recuerdan a Amparo cuanto me cuidaba en mi ciudad natal, Lugo, y veíamos en el cielo las bandadas de pájaros. Ella me decía: “Están de celebración de boda”. En aquella época, siendo pequeño, me sentía asombrado por su comportamiento en grupo y las figuras que hacían en el limpio aire. Hoy estoy quizá más intrigado que asombrado por el comportamiento innato de muchos animales que nos rodean y, sobre todo, como profesional de las tecnologías de la información, cómo ese comportamiento se almacena y transmite de padres a hijos. ¿Se han preguntado alguna vez cómo una araña sabe que tiene que tejer una telaraña y cómo ha de ser esta? Este conocimiento no se enseña de padres a hijos, sino que es innato, es decir, esa información se transmite de generación en generación a través de nuestras células.

Aunque los detalles completos sobre cómo se transmite esa herencia probablemente estén todavía lejos de nuestro conocimiento actual, los candidatos para acumular la información necesaria son los cromosomas. En el caso de los humanos, tenemos 46 cromosomas (o 23 pares). Cada uno de los ellos es básicamente una larga molécula que, como casi todos sabemos, se denomina ADN (abreviatura del nombre científico ácido desoxirribonucleico).  Su forma la podemos asimilar a una escalera de caracol, en donde cada peldaño está formado, a su vez, por dos piezas que encajan entre sí. Cada una de ellas es la unión de un ácido de fósforo (ácido fosfórico), un azúcar (denominada desoxirribosa) y una de las cuatro bases fundamentales: timina, citosina, adenina o guanina. O en su representación más común T, C, A, G. El ácido fosfórico y el azúcar crean las barras exteriores de la escalera, uniéndose a otras piezas para hacer crecer el ADN a lo largo. Las bases, por el contrario, se juntan en parejas creando cada uno de los peldaños. Sin embargo, no se emparejan de cualquier forma. La guanina solo encaja con la citosina y la timina con la adenina.
Interpretación artística de la pintora gallega Margarita Cimadevila de la famosa foto 51 realizada por el equipo Rosalind Franklin, que permitió descubrir la estructura del ADN. Margarita coordina la asociación arSciencia  en donde  ciencia y arte se relacionan. Cortesía de la autora.


Un cromosoma se puede por tanto representar por una larga cadena de estas cuatro letras, en donde se acumula toda la información que se transmite de padres a hijos. En los humanos, la cadena más larga es la que corresponde al cromosoma 1, que tiene algo menos de 250 millones de letras. Si la comparáramos con una escalera real de caracol con peldaños de 20 centímetros de altura, esta tendría una longitud de ¡50 000 kilómetros!

¿Quieres saber más?


  • Un poco de historia del descubrimento del ADN hace más de 140 años.
  • El artículo de Watson y Crick sobre la estructura del ADN, en donde seguro que lo explican mejor que yo.
  • El premio nobel que recibieron Watson, Crick y Wilkins en 1962. Sus discursos, sobre todo el de Wilkins, son muy interesantes. Rosalind no pudo compartir el premio al haber muerto en 1958, aunque Wilkins le agradece su contribución.